
El coste emocional de las decisiones importantes
Descubre cómo afrontar decisiones difíciles y su impacto emocional con acompañamiento terapéutico cercano y profesional.
Por Jose Ibarz

A menudo, nos vemos obligados a escoger entre múltiples opciones en nuestra vida. En ocasiones son pequeñas cuestiones irrelevantes, como quien escoge los platos de un menú o la marca de leche para el desayuno.
Pero en otras, nos encontramos ante verdaderas encrucijadas emocionales que pueden trastocar nuestro devenir.
Me quiero centrar en el tiempo de la duda, porque esta clase de decisiones no se pueden tomar a la ligera:
- Un cambio de rumbo laboral
- Una relación que debe terminar
- El tipo de educación para nuestros hijos
- La venta de un inmueble
- Algún tipo de inversión que afecte a la economía familiar
Esas horas o días serán decisivos para extraer la conclusión final. La respuesta no será fácil y nunca se tomará con toda seguridad por muy pensada que haya sido, pero tendremos que saber aceptar lo que pudiera venir después.
La tormenta emocional del dilema
Es por eso que esas grandes decisiones estarán influenciadas por nuestras emociones, razonamientos, vivencias y experiencias. Nada se parece más a una tormenta que una mente frente al dilema.
Puede que tengas la suerte de tener una revelación y verlo todo claro en un momento dado, pero por lo general la decisión final da vértigo. Es lo normal. De lo contrario sería temerario.
Por eso mismo es necesario saber manejar ese miedo:
- Miedo al cambio
- Miedo a hacer daño
- Miedo al riesgo
- Miedo al fracaso
- Miedo al qué dirán
- Miedo a la ruina
En definitiva, un miedo lógico no tanto a la equivocación, sino a las consecuencias de la decisión. Lo de equivocarse es algo que solo podremos saber al final, cuando sepamos el coste emocional de dichas consecuencias.
El duelo por lo que no fue
Por lo general, tomar una decisión es un proceso complejo. Tanto es así que una vez tomada, incluso se pasa una especie de duelo psicológico por las opciones descartadas, por lo que no fue y podría haber sido.
Se guarda un luto por las líneas temporales que no se van a experimentar. Una parte de nosotros desaparece con esa vida que no se va a vivir y siempre quedará en nuestra memoria.
"¿Y si…?" nos preguntamos a veces cuando estamos a solas. Fantaseamos con esa elección que no escogimos por sentido común o quizá por responsabilidad, pero que sin embargo nuestra parte emocional la hubiera escogido sin pensar.

Cuando la razón pone el listón alto
Es entonces cuando el miedo se convierte en otra cosa: angustia. Queremos escoger aquello que deseamos y que no nos conviene. O sí.
- ¿Nos conviene vender nuestro modesto piso para comprar otro más grande y endeudarnos más años?
- ¿Ya somos felices acabando de pagar el que tenemos?
- ¿Nos conviene dejar a esa persona con la que se ha perdido cierto grado de amor o debemos intentar luchar por mantener a flote una relación sana?
- ¿Dejamos ese trabajo que no nos motiva pero que nos da estabilidad o nos atrevemos a comenzar otro que nos encanta pero en el que se gana menos?
A veces la razón pone el listón alto para la emoción.

¿Y si fue una buena decisión?
Incluso puede ocurrir el no reconocer que se ha tomado una buena decisión por las expectativas que se tenía. Todo por no reconocer que las cosas están yendo bien por una decisión coherente, y eso es porque en el fondo se tiene la sensación de merecer otra cosa que nos puede llenar más.
Las posibilidades descartadas tras una decisión pueden atormentar tanto como aquellas dudas antes de la decisión, pero tienen el mismo origen: el miedo al error y a sus consecuencias.
Eso lleva a mucha gente a no tomar decisiones y dejarlas en manos del "destino" o a la suerte, esperando que las cosas fluyan solas. No digo que en ocasiones no sea más inteligente, pero con decisiones importantes no se debe dejar nada al azar.
Independientemente de las consecuencias, el mayor error es no tomar una decisión. Se puede posponer, se puede consultar, se puede incluso cambiar de opinión; pues pocas cosas son irreversibles.
Pero no decidir es de lo que más se suelen arrepentir la mayoría de personas.
Lo que realmente importa
En definitiva, no existen malas o buenas decisiones a grandes rasgos: lo que verdaderamente importa es la tensión emocional que existe entre los beneficios y las consecuencias de una decisión.
En cualquier caso, es bueno que durante este tipo de procesos trascendentales en la vida estemos dispuestos a recibir ayuda de las personas en las que confías, incluso ponerte en manos de un terapeuta profesional para que pueda acompañarte en esos momentos tan delicados.
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